lunes, 20 de diciembre de 2010

Ahorrar agua en el jardín


El uso eficiente de agua en zonas verdes y jardines es posible si realizamos un estudio previo y diseñamos el jardín teniendo en cuenta factores como el tipo de suelo, la frecuencia de lluvia y en función de esto seleccionamos las especies adecuadas.

Antes de diseñar el jardín, hay que tener en cuenta el clima de la zona y las características ambientales del terreno del que disponemos: Es necesario dedicar un tiempo a estudiar cuáles son las zonas más húmedas y las más secas de nuestro jardín, así como las más soleadas y las más umbrosas, las zonas más expuestas al viento y las más resguardadas. Si realizamos este reconocimiento del terreno, nos será muy útil a la hora de diseñar el jardín, ya que nos permitirá entre otras cosas:

• Adaptarnos a sus características: por ejemplo, las zonas más soleadas (aquellas expuestas al sol de mediodía y al de la tarde) serán las más idóneas para las plantas que aprecian la luz y resisten mejor la sequedad;

• Efectuar correcciones: por ejemplo, disponiendo barreras vegetales que sirvan de cortavientos o colocando árboles que proporcionen sombra en los puntos más soleados.

Si nuestro terreno posee un buen suelo y un perfil suave, lo más recomendable es adaptarse a él tanto como sea posible para evitar deteriorar su estructura natural. No obstante, si tiene pendientes fuertes, puede resultar oportuno realizar algunas rectificaciones para prevenir la erosión y la pérdida de agua por escorrentía. Una opción consiste en realizar abancalamientos en las zonas de mayor pendiente, tal y como muestra la figura 1.

Otro elemento esencial del jardín es su suelo. Debemos destacar que una de las medidas más eficaces es elegir las especies vegetales que se adapten mejor a los condiciones del suelo (pH, textura, tipo de drenaje…) en lugar de ir rectificando unas y otras.

Las características del suelo condicionarán las especies de plantas que resultan viables y también influirán en el consumo de agua. De hecho, la velocidad a la que se infiltra el agua en el suelo, así como la capacidad que éste tiene para retenerla dependen en buena medida de su textura, es decir, de la proporción de arenas (partículas que tienen entre 0,05 y 2 mm de diámetro), limos (entre 0,002 y 0,05 mm) y arcillas (partículas menores de 0,002 mm) que contiene. En los suelos arcillosos (que son aquellos que contienen más de un 55% de arcillas) el agua penetra con dificultad y tiende a extenderse en superficie, produciendo encharcamientos y escorrentías. Por el contrario, en los arenosos (con más del 85% de arenas) el agua penetra muy fácilmente y se pierde en el subsuelo, ya que la capacidad de retención de la humedad es muy baja. Por lo tanto, aunque por razones diferentes, ni los suelos muy arenosos ni los muy arcillosos son idóneos para el jardín. Resultan mucho más adecuados los suelos denominados francos (con menos de un 25% de arcillas y proporciones parecidas de arenas y limos) o franco arcillosos.

Si el suelo del terreno que deseamos ajardinar no posee una mínima calidad, será necesario realizar enmiendas o correcciones.

• En ocasiones el terreno ha sido rellenado con escombros procedentes de construcciones cercanas. En este caso hay que añadir una capa de suelo, retirando, si es necesario, parte de los materiales depositados previamente.

• Si el suelo es pobre en materia orgánica es muy recomendable añadirla, especialmente en las zonas dedicadas a flores o arbustos. Así se mejora la capacidad del suelo para absorber y almacenar agua que estará disponible para las plantas.

• Si el suelo es excesivamente arcilloso, conviene instalar un drenaje y aportar frecuentemente materia orgánica.

La selección de las especies que plantemos en el jardín va a condicionar, no sólo la cantidad de agua consumida, sino también el mantenimiento que debamos realizar
. Además, determinadas plantas son especialmente exigentes en cuanto al aporte de nutrientes, plaguicidas, etc. generando un elevado consumo de estos productos.

Teniendo en cuenta esta gran variabilidad, podemos orientar nuestra elección hacia especies autóctonas, las cuales cuentan con la ventaja de que se encuentran totalmente adaptadas a las condiciones climáticas de la zona en la que vivimos.

La cantidad necesaria de riego va a disminuir notablemente, ya que su ciclo de crecimiento se regula en función de las características meteorológicas de cada época del año.

Por otra parte, todas las especies que crecen en nuestro medio habitual van a ser mucho menos sensibles a plagas o enfermedades, ya que llevan mucho tiempo conviviendo con ellas y han desarrollado mecanismos de protección.

Sin ir más lejos, los árboles, arbustos y matas propios de la región mediterránea son ampliamente apreciados en jardinería por su belleza y sus aromas, siendo especies que requieren poco riego y están adaptadas a soportar períodos de sequía.

Uno de los tesoros de la jardinería mediterránea lo constituyen un conjunto de matas y arbustos genéricamente denominados aromáticas debido a su intensa fragancia. El romero, los tomillos, las salvias, el espliego y el cantueso son algunas de las especies de este grupo, cuya resistencia a la sequía es notable. En jardinería se utilizan a menudo en composiciones mixtas, formando islas o arriates. Algunas especies, como el romero, también pueden emplearse para componer setos.

Los arbustos mediterráneos siempreverdes se han plantado en los jardines de toda Europa, apreciados por su lustre y frugalidad. Podemos citar entre ellos el madroño, el durillo, las jaras y jaguarzos (como la jara blanca, la estepa o la jara pringosa), o el lentisco.

Entre los árboles hay también especies que han encontrado lugar en los mejores jardines, como los almeces, los laureles, los olivos, las higueras…

¿Cuáles y dónde?

Puedes encontrar gran cantidad de especies autóctonas en la mayoría de los viveros de tu región, por lo que te recomendamos que consultes con los vendedores que te atiendan en tu punto de compra habitual. Ellos te podrán indicar las plantas más adecuadas.

Algunos consejos para seleccionar las plantas:

• Conocer la vegetación de los espacios naturales y los terrenos incultos de nuestra comarca. Se trata de un buen método para descubrir plantas autóctonas que pueden darse bien en nuestro jardín.

• Elegir teniendo en cuenta la función que cada especie tendrá en el jardín. ¿Deseamos crear una zona de sombra densa? ¿Queremos crear una pantalla verde para crear un rincón con intimidad? ¿Necesitamos controlar la erosión en un pequeño talud? A la hora de elegir hay que valorar las aptitudes de las diferentes especies para jugar el papel que le hemos reservado en nuestro jardín.

• Seleccionar grupos de especies con requerimientos similares. Las especies que deban compartir un mismo espacio deberán tener requerimientos (de luz, agua, etc.) similares.

Mas información en Fundación Ecología y Desarrollo

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